jueves, septiembre 27, 2012

Las trampas

, by Daniel Paredes

Cuento de Daniel Paredes ©

Era como para pegarse un tiro, carajo. Como para meter la cabeza en las vías. Seguro que había sido la Noelia, esa mosquita muerta que siempre andaba pateando el avispero. Ya estaba hasta acá de la Noelia, hija de tres mil putas, ¡qué tenía que meter el hocico donde no la llamaban! Al anónimo lo había mandado ella, eso era una fija, y ahora la Yola debía andar echando truenos, dele planchar para matarse la bronca, esperando que él llegara para reventarle la frente de un planchazo, ya habría llamado a la madre, y la vieja le estaría calentando la oreja, le estaría diciendo que él era un zángano, un picaflor empedernido y toda la sarta de antigüedades que repetía siempre. Había que pensar qué decirle a su mujer, había que encontrar una mentira que le salvara el cuero, y urgente (el micro que lo llevaba ya subía por Rivadavia), pero cómo concentrarse si la morocha que se había levantado de los primeros asientos bien se merecía que le echara una mirada, y ahora que la veía mejor, más que eso se merecía. Venía de costado, ondeando entre la maraña de gente que llenaba el micro, empujaba con el cuerpo para abrirse paso y los tipos le relojeaban el escote, de golpe se agachaba un poquito y espiaba por las ventanillas como si estuviese perdida, pero a él no le hacía tragar esa píldora: la morocha sabía de sobra que le faltaba un siglo para bajarse, y sin embargo seguía agachándose, seguía haciendo vacilar las costuras de la pollera porque le complacía que una porción de Buenos Aires se parase a mirarle el culo, y qué lindo culo tenía, dos paradas y todavía no tocaba timbre, si no bajaba en Castro Barros era posta que andaba buscando guerra, y así uno no podía concentrarse en lo que había que decirle a la Yola, menos con el pibe del asiento de adelante, un coloradito de cara pecosa y ovalada, un huevo de codorniz con peluca que dos por tres se daba vuelta para sacarle la lengua. ¡Cómo no se le había ocurrido comprar flores por lo menos!, aunque si lo pensaba, caerle a su mujer con un regalo significaría reconocer que estaba en off side, entonces lo mejor sería llegar como de costumbre y pegarle un beso y un abrazo, pero ¿qué abrazo le iba a pegar? si la Yola debía andar hecha un abrojo, “No me toqués, basura”, le diría, “Juntá tus cosas y vía, vamos”, y la vieja lo miraría con esa cara de ternera comiendo chicle y le soltaría “Usted se la ha buscado, mijito; váyase a embromar a otra, que bastante daño ya le ha hecho a esta”. Vieja lampalagua, veinte años soportando que se le enroscara en sus intimidades, veinte largos años esperando que la muerte se la llevara por las buenas, pero fijate qué turra la negra: había pasado Castro Barros, dos paradas más y todavía no bajaba, “Dios, te juro que si salgo de esta, no le vuelvo a meter los cuernos a la Yola”. Ojalá pudiera saber qué decía el anónimo, así sabría a qué atenerse, pero la Yola había sido tajante, “Llegó una carta y quiero que vengas urgente”, sólo eso había dicho cuando le habló por teléfono, y el acento nervioso no dejaba dudas de que estaba decidida a darle el raje. Bastante jodida debía ser la cosa para que la Yola le telefoneara a la agencia. Daban ganas de tirarse abajo de un tren. Seguro que había sido la Noelia, esa mosquita muerta. No quedaba otra que bajarse: con el coloradito boludo sacándole la lengua era imposible pensar. La morocha por fin había tocado timbre y ahora bajaba de medio lado, y él por detrás, mirándole las botas que se perdían bajo la falda, botas con forma de Argentina, que de tan altas le estarían haciendo cosquillas en el Alto Perú. Vieja lampalagua, veinte años esperando que la muerte se la llevara por las buenas, y en esa eternidad no le había tomado ni esto de simpatía a la vieja, porque de entrada nomás la cosa había venido mal parida: el día que la Yola le dijo que se iba a casar con él, la vieja le soltó “¡Ja! Linda cruz has decidido echarte al hombro, mija”, y en la fiesta había llorado igual que si se tratase de entierro en vez de casorio, y se había paseado de mesa en mesa murmurando “Si por lo menos fuera un hombre decente...”, como si ser artista no fuera decente, carajo, pero la vieja se había emperrado en que trabajar era otra cosa, y por eso le había conseguido este cargo de alcahuete en una oficina que te la regalo. Cuánta razón tenía su padre cuando le decía que la suegra es como la pala de punta, que es de más provecho cuando está bajo tierra. La morocha se había parado en una pilchería y mientras miraba la vidriera prendía un cigarrillo. Le estaba tirando un anzuelo, cualquier excusa era buena para empezar un diálogo, me das fuego, me decís la hora, pero no, porque la Yola lo estaría esperando y porque le había jurado a Dios, y sin embargo la sangre lo podía, tenía necesidad de ese cuerpo para poner otro nombre en la lista de pajaritas trampeadas, y además cuando el organismo empezaba a fabricar la ponzoña había que depositarla sí o sí para no morir envenenado. Le pidió fuego, y cuando le devolvía el cigarrillo, “¿No te molesta si te pido un consejo?”. La morocha levantó las cejas y apretó el bolso, él se apuró a decir que era el cumpleaños de una amiga y que le gustaría regalarle ropa, “pero yo de moda ni fu ni fa ¿viste?”, que le aconsejara ella que tenía buen gusto, y ella “¿Usted qué sabe?”, y ahí estaba el pie, en adelante todo era cuestión de tacto, había que decir que estaba claro que tenía buen gusto por el detalle de combinar la sombra de los párpados con el beige de la blusa, y ahora que los ojos de la negra se iluminaban, rescatar el arco parejo de las cejas y otras cosas por el estilo, porque el secreto era reparar donde ellas invertían tantas horas de espejo, y la negra ya estaba repasando la vidriera y le aconsejaba una chalina, fijate vos qué idea, una chalina azul, “Bárbaro, es más original que una pollera y no puedo chingarle al talle”, y la morocha encantada. Había que tomarla del brazo, pedirle que entrara para probarse la chalina y tironearla suave aunque con firmeza, y la negra se inventaba una cara de asombro que era un plato, pero plin caja, lo demás era un trámite, y a la chalina había que comprarla para regalársela cuando salieran del hotel. La invitó a un café, “Mirá sos un tipo simpático pero”, pero nada, porque él era un hombre público, “Soy Dardo San Román, el cantante”, y ella moría por sus canciones, “Sobre todo por esa... ¿cómo se llama esa...?”, ¿sería Amor de contrabando?, sí, era esa. La morocha acomodó el bolso y el brillo de una alianza se deslizó por la correa. Casada la negra... Ya decía su padre que la mujer es como la gallina, “Deja de comer maíz para ir a comer mierda”. Después hubo que tomar el obligado café, coincidir en todo con esmerada hipocresía, y al final poner cara de perro sarnoso para acelerar el camino a la cama. Hotel de lujo porque era día de cobro y la negra valía la pena. Habitación azul, luces regulables, sobre la mesita de luz la imagen de un Cristo con los brazos extendidos, idéntico a uno que la Yola había crucificado con chinches en la cocina. Le puso encima el paquete con la chalina para que el Cristo no los viera desnudos. Y la negra que se hacía la gata, mientras la Yola andaría hecha un león; la negra se mordía los labios, la Yola se mordería los codos, a él lo remordía la conciencia; la vieja pidiéndole a la Yola que se separase, él pidiéndole a Dios que se le parase, la negra pidiéndole a él que esperase, que mejor si se relajaban con un baño, que primero él y después ella, que juntos le daba vergüenza. A la ducha sin chistar, porque una mina encaprichada hace el amor a media máquina. Cuando abrió la lluvia, la negra estaba preguntando cuántos discos llevaba vendidos, “Veinte mil placas en cuatro meses”, y sí, era buena guita, las discográficas se sacaban los ojos por grabarle un disco. Y después hubo un silencio largo, un sonido lejano de ascensor y una pelea con las canillas, con el agua demasiado caliente y de pronto demasiado fría, y para cuando terminó de ducharse y de secarse y volvió al cuarto, la negra ya se había ido. Revisó los bolsillos del pantalón pero ni falta que hacía, si ahí donde debía haber un paquete con una chalina, estaba el Cristo solo, mirándolo con su carita de nada, diciéndole “Te hizo la más vieja, Supermán, la que pasan todos los días en el noticiero”. ¡Cómo lo había ensartado la negra esta! Le había demostrado que en el teatro de los boludos él se sentaba en primera fila. Y pensar que se las había echado de ganador, cuando la verdad era que no levantaba ni tierra, que la Noelia era comienzo y final en la lista de pajaritas trampeadas. ¿Y qué número de pajarón sería él en la lista de esta negra? Cómo no cayó cuando le dijo que lo conocía, si a Dardo San Román no lo conocía ni Dios, cuatro o cinco actuaciones en un cabarute de Constitución, un par de audiciones en radios clandestinas y toda una vida gastando puertas con ese disquito de mierda que nadie le quería producir. Ya lo decía su padre..., pero qué carajo, si su padre nunca había dicho nada, su padre había sido un pobre diablo y él se había pasado la vida inventando frasecitas de boleto para meterlas en su boca. “Frasecitas de boleto” gritaba, y la gente de la calle se daba vuelta. Ahora había que patear hasta la casa, contarle a la Yola, verle la cara a la vieja. ¿Y quién podía sostenerle la mirada a la vieja? ¿Y a la realidad...? Porque había que aceptar de una vez que era un mediocre. ¿Y cómo seguir cargando la joroba? Mejor poner el cogote en las vías, dejar que el pata de fierro se encargase.
Cuando llegó a la estación de Flores estaba oscureciendo. Las luces de neón resbalaban sobre los rieles. Esperó hasta que vio una ampolla encendida en el fondo del paisaje y entonces se acostó en posición fetal, de espaldas a la locomotora. Apoyó la cabeza en la vía y sintió los pasos del gigante, cada vez más cerca, cada vez más gigante. El pitido largo de la locomotora le puso una piedra en el estómago. “Dios, no quiero vivir, no permitas que me escape como una rata”. Las campanillas del paso a nivel le anunciaron la inminencia de la muerte. El pitido se hizo más porfiado, la tierra temblaba, el gigante seguía creciendo; bocinazos de autos se habían sumado desde el paso a nivel, algunos lo puteaban, muchos le gritaban que se salvase, “no permitas que me escape como una rata, Señor”. Cuando lo alcanzó la luz de la máquina cerró los ojos, y entonces pudo oír el ruido mecánico de la locomotora, la queja minuciosa de algún vagón, el girar de la rueda que le cortaría la cabeza, y fue demasiado. Pero cuando quiso levantarse sintió que le tiraban del cuello. Enseguida comprendió: Dios no permitiría que se escapara como una rata. Tenía enganchado el pulóver en uno de los bulones que aseguraban los rieles a la tierra. Luchaba para zafarse, pero la falta de espacio no le dejaba romper el tejido. La mecánica del tren lo acaparaba todo. Pensó en sacarse el pulóver pero un último pitido le despeinó la nuca, “¡Dios, no quiero morir...!”, y cuando lo dijo ya no escuchaba sus gritos ni sabía que lloraba y no conocía la vergüenza de estar cagándose encima porque la muerte venía ahí atrás para darle un patadón en el culo a la vida, y entonces el tren pasó.
Por las vías de al lado pasó. Asomado a la ventanilla, el maquinista lo puteaba en todos los idiomas. Él miró hacia atrás. A veinte metros los vagones se curvaban en un cambio de vías. Se quedó observando la cola de la muerte que se alejaba, manoseando la lana del pulóver, que de golpe se había desenganchado solo.


Al llegar a su casa todavía temblaba. Desde el pasillo sintió que apagaban el televisor. La Yola y la vieja estarían en guardia: la Yola apretando el mango de la plancha; la vieja, organizando sus gestos, acomodando una ceja por acá y una comisura por allá para armar su mejor cara de Frankenstein.
La puerta que abrió debía ser de otra casa.
La vieja, enroscada en una silla, le sonreía con cara de feliz cumpleaños. La Yola se había puesto la mejor pilcha y era un manojo de caricias. Y sobre la mesa, la carta, que en vez de un anónimo era un contrato de la EMI para grabarle su disco, con Amor de contrabando a la cabeza.
Sin escuchar los halagos se derrumbó en una silla. Levantó los ojos y enfrentó la imagen del Cristo que la Yola había crucificado con chinches a la pared. Esa cara de papa frita no podía ser la cara de Dios. ¿Cuál, entonces? Se le vino al pensamiento una cara pecosa y ovalada: la del pibe que le sacaba la lengua en el micro.


Este cuento obtuvo el 1er. premio en el concurso internacional "Letras de Oro 2005".
Del libro Tierra de trampas, Ed. Honorarte.



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