miércoles, mayo 22, 2013

Concurso de poesía de "Los poetas del encuentro" de Villa Ballester

, by Daniel Paredes

LOS POETAS DEL ENCUENTRO
de VILLA BALLESTER (Partido de General San Martín-Prov. de Buenos Aires)
1990 - 2013
Convocan al:

XXII CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA - Año 2013

AUSPICIADO POR:
Liga del Comercio y la Industria de San Martín

BASES: Podrán participar escritores mayores de 16 años, nativos o extranjeros (de habla hispana), residentes en la República Argentina.

* Presentar hasta 2 poemas de no más de 35 líneas c/u con versos rimados o libres.
*El tema será libre; las obras pueden ser: Éditas o inéditas.
*Se presentarán en hoja A-4, a máquina o P.C. fuente 12, a un espacio, por triplicado y firmadas con seudónimo.
*Enviar los trabajos en un sobre, dentro del cual se colocará un sobre más pequeño con los datos personales: Nombre y Apellido, domicilio - c. postal, T.E. - e-mail, títulos de los poemas, seudónimo –Se incluirá en el sobre un arancel de $ 15.- (no enviar giro) para gastos administrativos.
*Los trabajos se enviarán por correo postal únicamente, a: “LOS POETAS DEL ENCUENTRO”- XXII CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA -AÑO 2013 - José C. Paz 2471-- Barrio Parque-San Andrés-Prov. de Bs. As. (c.p.1651)
*Recepción de poemas: A partir del 1º de Junio hasta el 1º de Setiembre de 2013- vale fecha del matasello del correo postal.
*El jurado se expedirá en Octubre de 2013. Los trabajos no serán devueltos y por causas organizativas se procederá a su destrucción. El fallo del jurado será inapelable y se les comunicará a los ganadores por vía postal, telefónica o e-mail.

*PREMIOS:

1º -.2º y 3er Premio: PLAQUETA y DIPLOMA
1º- 2ª y 3ª Mención:MEDALLA Y DIPLOMA
*La entrega de premios se realizará en el mes de noviembre en día y lugar a determinar.

PREMIO “PEDRO BALLESTER” para autores locales.
*Los escritores residentes en el Ptdo. de Gral. San Martín, concursarán además por este premio, para ello deberán incluir dos copias más de los poemas y agregar en el remitente “Ptdo. de Gral. San Martín”. Se otorgará un ÚNICO premio que consistirá en: PLAQUETA y DIPLOMA.

GRUPO COORDINADOR
Sergio O. García sergioomar_garcia@yahoo.com (Tel. 4738-5165)
José Checchia
M. del C. Poyo Martínez mdcpoyomartinez@yahoo.com.ar (Tel. 4752-5994)

AGRADECEMOS LA DIFUSIÓN

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lunes, mayo 20, 2013

Concurso de relatos del Hotel Servigroup Montíboli (2013)

, by Daniel Paredes

VI concurso de relatos de amor "Do not disturb"


El Hotel Servigroup Montíboli (España) abre la convocatoria de la sexta edición del concurso de relatos de amor ‘Do not disturb’. En esta ocasión la temática gira en torno a las “nuevas tecnologías”, que han revolucionado la manera de comunicarse que tenemos en la actualidad, favoreciendo el intercambio de información a nivel mundial a través de dispositivos como el móvil, ipads, tablets, etc., en los cuales internet, junto con los medios audiovisuales como la fotografía, video, y GPS están al alcance de todo el mundo.

El primer premio será una estancia de dos noches en el Hotel Montíboli con desayuno incluido y cena especial para dos personas en el restaurante Emperador, con la entrada al circuito de aguas Servigroup Wellness Spa. El accésit consistirá en la estancia de una noche para dos personas con desayuno incluido y entrada para dos personas al spa.

La primera edición de este certamen se realizó en 2008 coincidiendo con la celebración del 40 Aniversario del Montíboli, a raíz del cual tuvieron lugar varias actividades extraordinarias de ámbito cultural en el hotel. El certamen tuvo una gran acogida y expectación y el hotel decidió continuar con el concurso los años siguientes. En estos años, la recepción de obras se ha incrementado considerablemente.

Las bases del concurso establecen que los relatos presentados deben ser inéditos y no haber resultado premiados con anterioridad, ni estar pendientes de fallo en otro concurso. El plazo de recepción de originales finalizará el día 1 de julio de 2013, y las bases pueden consultarse en la página Web del Hotel Montíboli www.montiboli.es. Las obras podrán enviarse preferentemente por correo electrónico (montiboli@servigroup.es), o también por correo postal, según lo decida el autor.

El fallo del jurado se hará público el día 19 de julio de este año en la página Web del Hotel.

El premio ‘Do not Disturb’ de relatos cortos tiene como objetivo apoyar a los escritores de relatos y fomentar la creación literaria y la lectura como forma de ocio. Además, el galardón también conlleva la publicación y difusión de las obras ganadoras y finalistas a través de un libro que el hotel ofrece a sus clientes. Desde el 2008 se han publicado cuatro libros.

El Hotel Servigroup Montíboli está situado en un espacio natural paradisíaco del mar Mediterráneo y ofrece conexión Wifi gratuita a sus clientes, asimismo sus habitaciones están dotadas con conexión a internet para portátiles, un entorno privilegiado entre mar, playas, cuidados jardines y colinas ideal para relajarse en su terraza o en la playa mientras nos conectamos a internet, un canal fundamental para la comunicación en el mundo actual.

Es por ello que las nuevas tecnologías se han convertido en el tema principal sobre el que ha de tratar la historia de esta nueva edición del concurso de relatos de amor que organiza el establecimiento.

Bases completas en esta página

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sábado, mayo 18, 2013

Concurso literario Fundación Victoria Ocampo 2013

, by Daniel Paredes


Noveno Concurso de Cuentos Fundación Victoria Ocampo, 2013, “Nelly Arrieta de Blaquier”

Jurado integrado por: Angélica Gorodischer, Jorge Cruz y Jorge E. Clemente.

Bases:

1- Se premiará con una edición al mejor libro de cuentos inéditos.
2- Se editará una antología con los mejores cuentos del concurso.
3- Podrán participar todos los escritores argentinos, que presenten cuentos originales e inéditos.
4- Los originales deberán ser entregados desde día 3° de abril de 2013 hasta el día 14 de junio de 2013.
5- El jurado estará integrado por Angélica Gorodischer, Jorge Cruz y Jorge E. Clemente.
6- Cada participante deberá enviar un libro de cuentos cuya extensión no sea menor de sesenta (60) y no mayor de ciento treinta (130) carillas. Cada carilla deberá estar escrita en tamaño A4 y el interlineado será a dos espacios. Se deberán presentar tres (3) ejemplares encarpetados y anillados del libro, escritos en PC o máquina de escribir, sobre una sola cara del papel. En la portada de cada ejemplar se escribirán el seudónimo elegido y el título de la obra El participante deberá presentar un sobre cerrado que contenga el nombre, apellido, número de documento de identidad, domicilio, teléfono, e-mail (si lo tuviera) y el título de la obra presentada. En el frente del sobre se deberán escribir el seudónimo y el título de la obra. Las tres carpetas y el sobre cerrado deberán remitirse dentro de un sobre o paquete cerrado con la siguiente inscripción “Noveno Concurso de Cuentos Fundación Victoria Ocampo, 2013 "Nelly Arrieta de Blaquier". Dirección: Sarmiento 1562, Mesa de Entrada, (1042) Capital Federal, los días hábiles de 9 a 19 hs., o enviarse por correo a la misma dirección. En caso de envío por correo la fecha de finalización de recepción de los trabajos es la consignada en el artículo 4°, con prescindencia de la fecha de remisión del libro. Contra la recepción de las obras se entregará al participante un recibo en el que conste el número con el que ingresa al concurso.
7- Cada participante podrá presentar la cantidad de libros que desee sujeto a la condición de que cada una se envíe en un sobre por separado y que en cada una de ellas conste un seudónimo diferente.
8- No tendrán derecho a participar los trabajos que no reúnan los requisitos previstos en estas bases.
9- Los participantes que obtengan el premio o cuyos cuentos sean seleccionados, autorizan expresamente a la Fundación Victoria Ocampo a difundir sus nombres, imágenes, datos personales, en los medios y formas que la editorial considere conveniente sin derecho a compensación alguna.
10- El simple hecho de participar en el concurso implica el conocimiento y aceptación de estas bases y de las modificaciones que pudiera realizar la Fundación Victoria Ocampo respecto de las mismas, así como de las decisiones que pudiera adoptar la Fundación Victoria Ocampo sobre cualquier cuestión no prevista en ellas, supuesto en los cuales los participantes no tendrán derecho a reclamo alguno. Las situaciones no previstas serán resueltas por el Jurado y la Comisión Directiva de la Fundación y su decisión será inapelable.
11- El Jurado podrá decretar desierto el Primer y Segundo Premio.
12- Los participantes que obtengan el Primero y Segundo Premio ceden a la Fundación Victoria Ocampo el derecho de publicación del libro premiado sin derecho a compensación alguna ni remuneración por derecho de autor. Lo obtenido por la venta de esos ejemplares será destinado a futuras publicaciones de la Fundación Victoria Ocampo sin fines de lucro.
13- Quien obtenga el Primer Premio no podrá participar por el término de cinco años en certámenes futuros que la Fundación Victoria Ocampo organice en la misma categoría que resultó premiado.
14- Los trabajos presentados no serán devueltos.


Quinto Concurso de Poesía “Alejandro G. Roemmers 2013”
Jurado integrado por: Jorge Aulicino, María del Mar Estrella, Rafael Felipe Oteriño y Alejandro Guillermo Roemmers.

Bases:

1- Se premiará con una edición al mejor libro de poemas inéditos.
2- Se editará una antología con los veinte mejores poemas del concurso.
3- Podrán participar todos los escritores argentinos, que presenten poemas originales e inéditos.
4- Los originales deberán ser entregados desde día 3° de abril de 2013 hasta el día 14 de junio de 2013.
5- El jurado estará integrado por Jorge Aulicino, María del Mar Estrella, Rafael Felipe Oteriño y Alejandro G. Roemmers.
6- Cada participante deberá enviar un libro de poemas cuya extensión no sea menor de cincuenta (50) y no mayor de ciento veinte (120) carillas. Cada carilla deberá estar escrita en tamaño A4 y el interlineado será a dos espacios. Se deberán presentar tres (3) ejemplares encarpetados y anillados del libro, escritos en PC o máquina de escribir, sobre una sola cara del papel. En la portada de cada ejemplar se escribirán el seudónimo elegido y el título de la obra El participante deberá presentar un sobre cerrado que contenga el nombre, apellido, número de documento de identidad, domicilio, teléfono, e-mail (si lo tuviera) y el título de la obra presentada. En el frente del sobre se deberán escribir el seudónimo y el título de la obra. Las tres carpetas y el sobre cerrado deberán remitirse dentro de un sobre o paquete cerrado con la siguiente inscripción “Quinto Concurso de Poesía "Alejandro G. Roemmers 2013”. Dirección: Sarmiento 1562, Mesa de Entrada, (1042) Capital Federal, los días hábiles de 9 a 19 hs., o enviarse por correo a la misma dirección. En caso de envío por correo la fecha de finalización de recepción de los trabajos es la consignada en el artículo 4°, con prescindencia de la fecha de remisión del libro. Contra la recepción de las obras se entregará al participante un recibo en el que conste el número con el que ingresa al concurso.
7- Cada participante podrá presentar la cantidad de libros que desee sujeto a la condición de que cada una se envíe en un sobre por separado y que en cada una de ellas conste un seudónimo diferente.
8- No tendrán derecho a participar los trabajos que no reúnan los requisitos previstos en estas bases.
9- Los participantes que obtengan el premio o cuyos poemas sean seleccionados, autorizan expresamente a la Fundación Victoria Ocampo a difundir sus nombres, imágenes, datos personales, en los medios y formas que la editorial considere conveniente sin derecho a compensación alguna.
10- El simple hecho de participar en el concurso implica el conocimiento y aceptación de estas bases y de las modificaciones que pudiera realizar la Fundación Victoria Ocampo respecto de las mismas, así como de las decisiones que pudiera adoptar la Fundación Victoria Ocampo sobre cualquier cuestión no prevista en ellas, supuesto en los cuales los participantes no tendrán derecho a reclamo alguno. Las situaciones no previstas serán resueltas por el Jurado y la Comisión Directiva de la Fundación y su decisión será inapelable.
11- El Jurado podrá decretar desierto el Primer y Segundo Premio.
12- Los participantes que obtengan el Primero y Segundo Premio ceden a la Fundación Victoria Ocampo el derecho de publicación del libro premiado sin derecho a compensación alguna ni remuneración por derecho de autor. Lo obtenido por la venta de esos ejemplares será destinado a futuras publicaciones de la Fundación Victoria Ocampo sin fines de lucro.
13- Quien obtenga el Primer Premio no podrá participar por el término de cinco años en certámenes futuros que la Fundación Victoria Ocampo organice en la misma categoría que resultó premiado.
14- Los trabajos presentados no serán devueltos.

viernes, mayo 10, 2013

Concurso de Cuento y Poesía Premio Platero 2013 (Suiza)

, by Daniel Paredes

BASES

Podrán concursar en el Premio Platero 2013 todos los autores noveles, residentes en cualquier país, sean miembros o no del Club del Libro, que no hayan publicado obras con una tirada superior a 5000 ejemplares ni hayan ganado premios literarios de una cuantía superior a 1500 €.
Las obras presentadas serán textos escritos en lengua española, originales e inéditos, que no hayan sido premiados con anterioridad o que no estén pendientes de fallo en otros certámenes literarios.
Los trabajos originales y rigurosamente inéditos, de temática libre, se presentarán exclusivamente por correo electrónico enviándose a la siguiente dirección: 

Los trabajos se realizarán en archivo Word, hoja tamaño DIN-A4, en letra Times New Roman tipo 12, estarán mecanografiados a doble espacio, indicando claramente, en el asunto del e-mail, a cuál de las dos modalidades, Cuento o Poesía, desea presentarse.

En el mismo correo electrónico se adjuntará otro fichero llamado seudónimo-currículo en cuyo interior constarán los datos personales del autor, el título de la obra, el seudónimo elegido, su correo electrónico y un breve currículo. La persona encargada de efectuar la recepción de los trabajos velará por el secreto de la autoría.

Solo se admitirá un máximo de un trabajo por concursante.

Los cuentos tendrán una extensión máxima de 12 folios. La extensión de la obra poética no excederá los 150 versos en uno o varios poemas. En ningún caso figurará, ni en la portada ni en el resto del texto, el nombre del autor.

La recepción de originales se cerrará el 25 de junio de 2013, a las 12 00 de la noche, hora de Ginebra. Cualquier obra que se remita con posterioridad no entrará en el Concurso.

El Jurado estará integrado por tres personas.

Los ganadores en cada categoría recibirán 1000 francos suizos y un diploma acreditativo.

Si el Jurado considera que otras obras presentadas tienen calidad suficiente, podrá otorgar hasta dos Menciones Honoríficas que recibirán un diploma acreditativo.

El Jurado se reserva el derecho de declarar los premios desiertos.

El fallo del Jurado, que será inapelable, se hará público en la página web del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas: www.clubdellibro.org

La Ceremonia de entrega de premios se celebrará en el Palacio de las Naciones en Ginebra, durante el mes de octubre de 2013.

La presentación de una obra al Premio Platero supone la plena aceptación de las presentes bases por parte del participante.


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viernes, enero 11, 2013

El Josco - Abelardo Díaz Alfaro

, by Daniel Paredes




Cuento de Abelardo Díaz Alfaro

Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrilluda en sombras, el andar lento y rítmico. La baba gelatinosa le caía de los belfos negros y gomosos, dejando en el verde enjoyado estela plateada de caracol. Era hosco por el color y por su carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador incansable. Cuando sobre el lomo negro del cerro Farallón las estrellas clavaban sus banderillas de luz, lo veía descender la loma, majestuoso, doblar la recia cerviz, resoplar su aliento de toro macho sobre la tierra virgen y tirar un mugido largo y potente para las rejoyas del San Lorenzo. 
—Toro macho, padrote como ése, denguno; no nació pa yugo —me decía el jincho Marcelo, quien una noche negra y hosca le parteó a la luz temblona de un jacho. Lo había criado y lo quería como a un hijo. Su único hijo.
Hombre solitario, hecho a la reyerta de la alborada, veía en aquel toro la encarnación de algo de su hombría, de su descontento, de su espíritu recio y primitivo. Y toro y hombre se fundían en un mismo paisaje y en un mismo dolor.
No había toro de las fincas lindantes que cruzase la guardarraya, que el Josco no le grabase en rojo sobre el costado, de una cornada certera, su rúbrica de toro padrote. 
Cuando el cuerno plateado de la luna rasgaba el telón en sombras de la noche, oí al tío Leopo decir al jincho:
—Marcelo, mañana me traes el toro americano que le compré a los Velilla para padrote; lo quiero para el cruce; hay que mejorar la crianza. 
Y vi al jincho luchar en su mente estrecha, recia y primitiva con una idea demasiado sangrante, demasiado dolorosa para ser realidad. Y tras una corta pausa musitó débilmente; como si la voz se le quebrase en suspiros:
—Don Leopo, ¿y qué jacemos con el Josco?
—Pues lo enyugaremos para arrastre de caña, la zafra se mete fuerte este año, y ese toro es duro y resistente.
—Usté dispense, don Leopo, pero ese toro es padrote de nación, es alebrestao, no sirve pa yugo.
Y descendió la escalera de caracol y por la enlunada veredita se hundió en el mar de sombras del cañaveral. Sangrante, como si le hubieran clavado un estoque en mitad del corazón.
Al otro día por el portalón blanco que une los caminos de las fincas lindantes, vi al jincho traer atado a una soga un enorme toro blanco. Los cuernos cortos, la poderosa testa mapeada en sepia. La dilatada y espaciosa nariz taladrada por una argolla de hierro. El jincho venía como empujado, lentamente, como con ganas de nunca llegar, por la veredita de los guayabales.
Y de súbito se oyó un mugido potente y agudo por las mayas de la colindancia de los Cocos, que hizo retumbar las rejoyas del San Lorenzo y los riscos del Farallón. Un relámpago cárdeno de alegría iluminó la faz macilenta del jincho. 
Era el grito de guerra del Josco, el reto para jugarse en puñales de cuernos la supremacía del padronazgo. Empezó a mover la testa en forma pendular. Tiró furiosas cornadas al suelo, trayéndose en el filo de las astas tierra y pasto. Alucinado, lanzó cabezadas frontales al aire, como luchando con una sombra.
El jincho en la loma, junto a la casa, aguantó al toro blanco. El Josco ensayó un tranco ligero, hasta penetrar en la veredita. Se detuvo un momento. Remolineó ágil y comenzó a estoquear los pequeños guayabos que bordean la veredita. La testa coronada se le enguirnaldó de ramas, flores silvestres y bejucales.
Venía lento, taimado, con un bramar repetido y monótono. Alargaba la cabeza, y el bramar culminaba en un mugido largo y de clarinada. Raspó la tierra con las bifurcadas pezuñas hasta levantar al cielo polvaredas de oro. Avanzó un poco. Luego quedó inmóvil, hierático, tenso. En los belfos negros y gomosos la baba se le espumaba en burbujas de plata. Así permaneció un rato. Dobló la cerviz, el hocico pegado al ras del suelo, resoplando violentamente, como husmeando una huella misteriosa. En la vieja casona la gente se fue asomando al balcón. Los agregados salían de sus bohíos. Los chiquillos de vientres abultados perforaban el aire con sus chillidos: 
—El Josco pelea con el americano de los Velilla.
En el redondel de los cerros circunvecinos las voces se hicieron ecos. Los chiquillos azuzaban al Josco.
—Dale, Josco, que tú le puedes.
El Josco seguía avanzando, la cabeza baja, el andar lento y grave. Y el jincho no pudo contenerse y soltó el toro blanco. Este se cuadró receloso, empezó a escarbar la tierra con las anchas pezuñas y lanzó un bronco mugido.
Jey... Jey... Oiseee... Josco —gritaba la peonada.
—Palante, mi Josco —vibró el jincho.
Y se oyó el seco y violento chocar de las cornamentas. Acreció el grito ensordecedor de la peonada.>
—Dale, jey. . . Josco.
Las cabezas pegadas, los ojos negros y refulgentes inyectados de sangre, los belfos dilatados, las pezuñas firmemente adheridas a la tierra, las patas traseras abiertas, los rabos leoninos erguidos, la trabazón rebullente de los músculos ondulando sobre las carnes macizas. 
Colisión de fuerzas que por lo potentes se inmovilizaban. Ninguno cejaba; parecían como estampados en la fiesta de colores del paisaje. 
La baba se espesaba. Los belfos ardorosos resonaban como fuelles. Separaron súbitamente las cornamentas y empezaron a tirarse cornadas ladeadas, tratando de herirse en las frentes. Los cuernos sonaban como repiquetear de castañuelas. Y volvieron a unir las testas florecidas de puñales.
Un agregado exclamó:
—El blanco es más grande y tiene más arrobas.
Y el jincho con rabia le ripostó:
—Pero el Josco tiene más maña y más cría.
El toro blanco, haciendo un supremo esfuerzo, se retiró un poco y avanzó egregio, imprimiéndole a la escultura imponente de su cuerpo toda la fuerza de sus arrobas. Y se vio al Josco recular arrollado por aquella avalancha incontenible.
—Aguante mi Josco —gritaba desesperado el jincho.
—No joya; usté eh de raza.
El Josco hincaba las patas traseras en la tierra buscando un apoyo para resistir, pero el blanco lo arrastraba. Dobló los corvejones tratando de detener el empuje, se irguió nuevamente y "rebuleó" rápido hacia atrás amortiguando la embestida del blanco. 
—Lo ve; es mah grande —añadió con pena un agregado.
—Pero no juye —le escupió el jincho.
Y las patas traseras del Josco toparon con una eminencia en el terreno, la cual le sirvió de sostén. Afirmado, sesgó a un lado, zafando el cuerpo a la embestida del blanco, que se perdió en el vacío. A éste faltó el equilibrio, y el Josco, aprovechándose del desbalance del contrario, volteó rápido y le asestó una cornada certera, trazándole en rojo sobre el albo costado una grieta de sangre. El blanco lanzó un bufido quejumbroso, huyendo despavorido entre la algarabía jubilosa del peonaje. El jincho vibrante de emoción gritaba a voz en cuello:
—Toro jaiba, toro mañoso, toro de cría.
Y el Josco alargó el cuerpo estilizado, levantó la testa triunfal, las astas filosas doradas de sol, apuñaleando el mantón azul de un cielo sin nubes.

El blanco siempre se quedó de padrote. Orondo se paseaba por el cercao de las vacas. 
Al Josco trataton de uncirlo al yugo con un buey viejo que lo amaestrara, pero se revolvió violento poniendo en peligro la vida del peonaje. Andaba mohíno, huraño, y se le escuchaba bramar quejoso, como agobiado por una pena conmensurable.
Tranqueaba hacia el cercao de los bueyes de arrastres, de cogotes pelados y de pastar apacibles. Levantando la cabeza sobre la alambrada, dejaba escapar un triste mugido. Se veía buey rabisero, buey soroco, buey manco, buey toruno, castrao. 
Aquel atardecer lo contemplé al trasluz de un crepúsculo tinto en sangre de toros, sobre la loma verdeante que domina el valle del Toa. No tenía la arrogancia de antes, no levantaba al cielo airosamente la testa coronada; lo veía desfalleciente como estrujado por una inmensa congoja. Babeó un rato, alargó la cabeza y suspendió un débil mugido, descendió la loma y su sombra se fundió en el misterio de una noche sin estrellas. A eso de la medianoche me pareció escuchar un mugir dolorido. El sueño se hizo sobre mis párpados.

Al otro día el Josco no aparecía. Se le buscó por todas las lindancias. No podía haberse pasado a las otras fincas, no había boquetes en los mayales, ni en las alambradas de las guardarrayas. El Jincho iba y venía desesperado. El tío Leopo apuntó: 
—Tal vez se fue por el camino del Farallón a las malojillas del río.
El Jincho hacia allá se encaminó. Regresó decepcionado. Luego se dirigió hacia una rejoya entre árboles en la colindancia de los Cocos, donde el Josco solía sestear. Lo vimos levantar las manos y con la voz transida de angustia gritó: 
—Don Leopo, aquí está el Josco.
Corrimos presurosos donde el Jincho estaba, la cabeza baja, los ojos turbios de lágrimas. Señaló hacia un declive entre raíces, bejucales y flores silvestres. Y vimos al Josco inerte, las patas traseras abiertas y rígidas; la cabeza sepultada bajo el peso del cuerpo musculoso.
Y el Jincho con la voz temblorosa y llena de reconvenciones exclamó:
—Mi pobre Josco, se esnucó de rabia. Don Leopo, se lo dije. Ese toro era padrote de nación; no nació pa yugo.

Fuente: Ciudad Seva

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martes, enero 08, 2013

La casa encantada – Anónimo

, by Daniel Paredes



Cuento anónimo

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
—Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.
—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?
—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
—Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?
—Usted —dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

Del libro Antología del cuento extraño, Selección y traducción de Rodolfo Walsh, Ed. Edicial.

Otros cuentos muy breves

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sábado, enero 05, 2013

El regalo de los Reyes Magos - O. Henry

, by Daniel Paredes


Cuento de O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad —algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
—¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.
—Compro pelo —dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
—Veinte dólares —dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
—Démelos inmediatamente —dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
—Jim, querido —exclamó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
—¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
—¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
—No pierdas el tiempo buscándolo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas —el juego completo de peinetas, una al lado de otra— que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
—¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
—¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
—¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
—Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios —maravillosamente sabios— y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

Fuente: Tierra de Trampas

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viernes, enero 04, 2013

La boda – Silvina Ocampo

, by Daniel Paredes



Cuento de Silvina Ocampo

Que una muchacha de la edad de Roberta se fijara en mí, saliera a pasear conmigo, me hiciera confidencias, era una dicha que ninguna de mis amigas tenía. Me dominaba y yo la quería no porque me comprara bombones o bolitas de vidrio o lápices de colores, sino porque me hablaba a veces como si yo fuera grande y a veces como si ella y yo fuéramos chicas de siete años.
Es misterioso el dominio que Roberta ejercía sobre mí: ella decía que yo adivinaba sus pensamientos, sus deseos. Tenía sed: yo le alcanzaba un vaso de agua, sin que me lo pidiera. Estaba acalorada: la abanicaba o le traía un pañuelo humedecido en agua de Colonia. Tenía dolor de cabeza: le ofrecía una aspirina o una taza de café. Quería una flor: yo se la daba. Si me hubiera ordenado “Gabriela, tírate por la ventana” o “pon tu mano en las brasas” o “corre a las vías del tren para que el tren te aplaste”, lo hubiera hecho en el acto.
Vivíamos todos en los arrabales de la ciudad de Córdoba. Arminda López era vecina mía y Roberta Carma vivía en la casa de enfrente. Arminda López y Roberta Carma se querían como primas que eran, pero a veces se hablaban con acritud: todo surgía por las conversaciones de vestidos o de ropa interior o de peinados o de novios que tenían. Nunca pensaban en su trabajo. A la media cuadra de nuestras casas se encontraba la peluquería LAS ONDAS BONITAS. Ahí, Roberta me llevaba una vez por mes. Mientras que le teñían el pelo de rubio con agua oxigenada y amoníaco, yo jugaba con los guantes del peluquero, con el vaporizador, con las peinetas, con las horquillas, con el secador que parecía el yelmo de un guerrero y con una peluca vieja, que el peluquero me cedía con mucha amabilidad. Me agradaba aquella peluca, más que nada en el mundo, más que los paseos a Ongamira o al Pan de Azúcar, más que los alfajores de arrope o que aquel caballo azulejo que montaba en el terreno baldío para dar la vuelta a la manzana, sin riendas y sin montura y que me distraía de mis estudios.
El compromiso de Arminda López me distrajo más que la peluquería y que los paseos. Tuve malas notas, las peores de mi vida, en aquellos días.
Roberta me llevaba a pasear en tranvía hasta la confitería Oriental. Ahí tomábamos chocolate con vainillas y algún muchacho se acercaba para conversar con ella. De vuelta en el tranvía me decía que Arminda tenía más suerte que ella, porque a los veinte años las mujeres tenían que enamorarse o tirarse al río.
—¿Qué río? —preguntaba yo, perturbada por las confidencias.
—No entiendes. Qué le vas a hacer. Eres muy pequeña.
—Cuando me case, me mandaré hacer un hermoso rodete —había dicho Arminda—, mi peinado llamará la atención.
Roberta reía y protestaba:
—Qué anticuada. Ya no se usan los rodetes.
—Estás equivocada. Se usan de nuevo —respondía Arminda—. Verás, si no llamo la atención.
Los preparativos para la boda fueron largos y minuciosos. El traje de novia era suntuoso. Una puntilla de la abuela materna adornaba la bata, un encaje de la abuela paterna (para que no se resintiera) adornaba el tocado. La modista probó el vestido a Arminda cinco veces. Arrodillada y con la boca llena de alfileres la modista redondeaba el ruedo de la falda o agregaba pinzas al nacimiento de la bata. Cinco veces del brazo de su padre, Arminda cruzó el patio de la casa, entró en su dormitorio y se detuvo frente a un espejo para ver el efecto que hacían los pliegues de la falda con el movimiento de su paso. El peinado era tal vez lo que más preocupaba a Arminda. Había soñado con él toda su vida. Se mandó hacer un rodete muy grande, aprovechando una trenza de pelo que le habían cortado a los quince años. Una redecilla dorada y muy fina, con perlitas, sostenía el rodete, que el peluquero exhibía ya en la peluquería. El peinado, según su padre, parecía una peluca.
La víspera del casamiento, el 2 de enero, el termómetro marcaba cuarenta grados. Hacía tanto calor que no necesitábamos mojarnos el pelo para peinarlo ni lavarnos la cara con agua para quitarnos la suciedad. Exhaustas Roberta y yo estábamos en el patio. Anochecía. El cielo, de un color gris de plomo, nos asustó. La tormenta se resolvió sólo en relámpagos y avalanchas de insectos. Una enorme araña se detuvo en la enredadera del patio: me pareció que nos miraba. Tomé el palo de una escoba para matarla, pero me detuve no sé por qué. Roberta exclamó:
—Es la esperanza. Una señora francesa me contó una vez que la araña por la noche es esperanza.
—Entonces, si es esperanza, vamos a guardarla en una cajita —le dije.
Como una sonámbula porque estaba cansada y es muy buena, Roberta fue a su cuarto para buscar una cajita.
—Ten cuidado. Son ponzoñosas —me dijo.
—¿Y si me pica?
—Las arañas son como las personas: pican para defenderse. Si no les haces daño, no te harán a ti.
Puse la cajita abierta frente a la araña, que de un salto se metió adentro. Después cerré la tapa, que perforé con un alfiler.
—¿Qué vas a hacer con ella? —interrogó Roberta.
—Guardarla.
—No la pierdas —me respondió Roberta.
Desde ese minuto, anduve con la caja en el bolsillo. A la mañana siguiente fuimos a la peluquería. Era domingo. Vendían matras y flores en la calle. Esos colores alegres parecían festejar la proximidad de la boda. Tuvimos que esperar al peluquero, que fue a misa, mientras Roberta tenía la cabeza bajo el secador.
—Pareces un guerrero —le grité.
Ella no me oyó y siguió leyendo su libro de misa. Entonces se me ocurrió jugar con el rodete de Arminda, que estaba a mi alcance. Retiré las horquillas que sostenían el rodete compacto dentro de la preciosa redecilla. Se me antojó que Roberta me miraba, pero era tan distraída que veía sólo el vacío, mirando fijamente a alguien.
—¿Pongo la araña adentro? —interrogué mostrándole el rodete.
El ruido del secador eléctrico seguramente no dejaba oír mi voz. No me respondió, pero inclinó la cabeza como si asintiera. Abrí la caja, la volqué en el interior del rodete, donde cayó la araña. Rápidamente volví a enroscar el pelo y a colocar la fina redecilla que lo envolvía y las horquillas para que no me sorprendieran. Sin duda lo hice con habilidad, pues el peluquero no advirtió ninguna anomalía en aquella obra de arte, como él mismo denominaba el rodete de la novia.
—Todo esto será un secreto entre nosotras —dijo Roberta, al salir de la peluquería, torciendo mi brazo hasta que grité. Yo no recordaba qué secretos me había dicho aquel día y le respondí, como había oído hacerlo a las personas mayores.
—Seré una tumba.
Roberta se puso un vestido amarillo con volantes y yo un vestido blanco de plumetís, almidonado, con un entredós de broderie. En la iglesia no miré al novio porque Roberta me dijo que no había que mirarlo. La novia estaba muy bonita con un velo blanco lleno de flores de azahar. De pálida que estaba parecía un ángel. Luego cayó al suelo inanimada. De lejos parecía una cortina que se hubiera soltado. Muchas personas la socorrieron, la abanicaron, buscaron agua en el presbiterio, le palmotearon la cara. Durante un rato creyeron que había muerto; durante otro rato creyeron que estaba viva. La llevaron a la casa, helada como el mármol. No quisieron desvestirla ni quitarle el rodete para ponerla muerta en el ataúd. Tímidamente, turbada, avergonzada, durante el velorio que duró dos días, me acusé de haber sido la causante de su muerte.
—¿Con qué la mataste, mocosa? —me preguntaba un pariente lejano de Arminda, que bebía café sin cesar.
—Con una araña —yo respondía.
Mis padres sostuvieron un conciliábulo para decidir si tenían que llamar a un médico. Nadie jamás me creyó. Roberta me tomó antipatía, creo que le inspiré repulsión y jamás volvió a salir conmigo.

Del libro Cuentos Completos I, Ed. Emecé

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martes, enero 01, 2013

El parto – Eduardo Galeano

, by Daniel Paredes



Microcuento de Eduardo Galeano

Tres días de parto y el hijo no salía.
Tá trancado. El negrito tá trancado —dijo el hombre.
Él venía de un rancho perdido en los campos.
Y el médico fue.
Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.
Después se lo contó a Gloria Galván:
—La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.
El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: No hay nada que hacer.
Y sin embargo, quién sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.
Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.

Del libro 100 relatos breves

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